Los alrededores de Sepúlveda son una fuente continuada de sorpresas. En un radio de pocos kilómetros podemos encontrar castillos medievales, iglesias románicas perfectamente conservadas, ermitas sobre riscos vertiginosos y todos ellos alineados a lo largo del curso del río Duratón, la arteria vital de estas tierras.

Sobre una de las penínsulas de los meandros del cañon del Duratón se asienta la iglesia que fue del priorato silense de San Frutos, donde los monjes benedictinos permanecieron desde el 1076 a 1836. Las imponentes soledades del paisaje de este valle hicieron de él la tierra de adopción de los ermitaños cristianos, luego de haber quedado en sus cuevas el testimonio artístico del culto pagano a las fuerzas de la Naturaleza. San Frutos fue uno de ellos, retirado aquí de su Segovia nativa al fina de la época visigoda. Es el patrón de la diócesis y su romería se celebra el 25 de Octubre.

La tierra de Sepúlveda, y no sólo la villa, es rica en románico. Para los buscadores de tesoros escondidos hay muchos itinerarios repletos de sorpresas.
La iglesia de Duratón, aislada del pueblo, junto a una necrópolis visigoda, tiene una gran originalidad y sus capiteles tardíos son de una delicadeza que seduce.
Por ejemplo el de los Reyes Magos.

El castillo de Castilnovo, con elementos árabes en su construcción que se remontan a la tentativa del Almanzor de recuperar estas tierras para el Islam, fue sede de Don Álvaro de Luna. En el siglo pasado, de la rama católica de los Hohenzoller pasó al pintor catalán Josep Galofre. Acaba de celebrarse el centenario del nacimiento del marqués de Quintanar, escritor e ingeniero, el último castellano que hasta última hora mantuvo vigente el destino señorial de la mansión.
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